Artículos Transformadores


CREACIÓN Y PROPÓSITO:

La Dimensión Teleológica de la Realidad.


La doctrina de la creación no responde solamente a la pregunta por el origen de todas las cosas; también nos lleva a considerar su finalidad. Si el universo procede de un Creador personal e inteligente, su existencia tiene un fundamento que incluye intención y sentido. Las cosas han sido llamadas a existir dentro de una realidad dispuesta por Dios. Por eso, comprender el mundo exige preguntarnos tanto por aquello que lo constituye como por el propósito dentro del cual existe. La creación posee una dimensión teleológica, es decir, tiene un comienzo y una orientación hacia el cumplimiento de los propósitos de su Creador.

La palabra griega "telos" expresa la idea de finalidad, meta o cumplimiento. Hablar de teleología significa preguntarse hacia qué se orienta una realidad y en qué consiste su realización. Esta pregunta se distingue de aquella que busca explicar sus mecanismos. Podemos conocer cómo germina una semilla, cómo se desarrolla un organismo o cómo interactúan las fuerzas de la naturaleza sin haber resuelto todavía si la existencia del mundo responde a una intención. Explicar un proceso y comprender su finalidad son tareas relacionadas, pero ninguna puede sustituir automáticamente a la otra.

Esta distinción permite valorar el conocimiento científico sin atribuirle respuestas que sus métodos, por sí solos, no proporcionan. La descripción de los procesos naturales no demuestra que el universo carezca de propósito, del mismo modo que reconocer un propósito divino no nos exime de investigar cómo funciona la naturaleza. Una interpretación materialista puede explicar la apariencia de finalidad mediante procesos que no presuponen intención consciente. El teísmo bíblico, en cambio, sostiene que esos procesos existen dentro de una creación cuyo fundamento último es la voluntad de Dios. La diferencia concierne a la comprensión de la realidad en su conjunto.

Desde esta perspectiva, el propósito no comienza con el significado que nosotros atribuimos a las cosas. Nuestra capacidad de interpretar el mundo se ejerce sobre una realidad que nos precede y que posee características propias. La creación no es una materia completamente indeterminada, disponible para recibir cualquier sentido que decidamos imponerle. Las cosas tienen una naturaleza y, con ella, posibilidades de desarrollo que corresponden a lo que son. Una semilla puede convertirse en árbol porque existe una relación entre su constitución y aquello que puede llegar a ser. Su desarrollo presupone una identidad que hace posibles ciertas transformaciones y excluye otras.

El ejemplo ayuda a comprender la relación entre naturaleza y finalidad, aunque no constituye por sí solo una demostración del propósito último del universo. Su importancia reside en mostrar que la realización de algo no puede separarse enteramente de lo que ese algo es. También permite distinguir entre favorecer una realidad y dañarla pues no toda modificación representa una mejora. Si desconocemos su naturaleza, podemos llamar progreso a aquello que destruye sus condiciones de existencia. Reconocer un orden creado exige, por tanto, una actitud de conocimiento y respeto antes de intervenir sobre el mundo.

Esta relación adquiere una profundidad particular cuando consideramos al ser humano. Si somos criaturas, nuestra existencia es recibida antes de convertirse en un proyecto personal. Poseemos libertad para tomar decisiones, desarrollar capacidades y construir formas de vida, pero esa libertad se ejerce desde una condición humana que no hemos creado. Haber sido hechos a imagen de Dios significa que nuestra identidad mantiene una referencia al Creador. Por ello, la pregunta "¿qué quiero hacer con mi vida?" necesita acompañarse de otra: "¿para qué he recibido la vida?". La primera expresa nuestra capacidad de elegir; la segunda nos invita a discernir la responsabilidad que acompaña esa capacidad.

El propósito recibido no elimina la iniciativa personal ni implica que todos debamos recorrer una trayectoria idéntica. La vocación humana admite una diversidad de trabajos, talentos y responsabilidades. Sin embargo, esa diversidad tiene un horizonte común: conocer a Dios, amar al prójimo y cuidar responsablemente la creación. Dentro de este horizonte, nuestras decisiones adquieren relevancia moral.

La dimensión teleológica de la creación también alcanza a la historia. La visión bíblica presenta el devenir humano dentro de los propósitos de Dios, con un horizonte que supera las expectativas de cada generación. Isaías anuncia que "la tierra será llena del conocimiento de Jehová" (Isaías 11:9). Esta promesa sitúa el futuro de la creación más allá de la mera continuidad de los acontecimientos. El Dios que da origen al mundo también lo dirige hacia un cumplimiento. La historia tiene un sentido último que no depende exclusivamente de quienes logran imponer temporalmente su poder.

Esta esperanza requiere distinguir entre la finalidad divina y la valoración moral de cada acontecimiento. Reconocer que Dios conduce la historia no convierte la violencia, la injusticia o el sufrimiento en bienes que debamos aceptar pasivamente. El pecado contradice el orden establecido por Dios, y la responsabilidad humana permanece vigente. Precisamente porque existe una finalidad que trasciende los hechos presentes, podemos juzgar críticamente esos hechos y trabajar para transformarlos. La esperanza bíblica sostiene la acción responsable sin exigirnos creer que cada cambio histórico constituye necesariamente un avance.

Recuperar una comprensión teleológica de la realidad transforma, así, nuestra manera de conocer, elegir y actuar. Nos invita a descubrir un sentido que precede a nuestras decisiones y a participar responsablemente en su realización.

El mundo tiene su origen en Dios y se dirige hacia el cumplimiento de sus propósitos; nuestra vida forma parte de esa historia. Recibir la existencia como una vocación significa reconocer que nuestras acciones importan precisamente porque pueden responder al bien para el cual fuimos creados.Génesis 3 describe esta transformación mediante una serie de rupturas. El ser humano se esconde de Dios, experimenta vergüenza frente a sí mismo, responsabiliza al otro y encuentra resistencia en la tierra que debe cultivar. Se fracturan así cuatro relaciones fundamentales: con Dios, con uno mismo, con el prójimo y con la creación. El problema del pecado no consiste únicamente en haber infringido una norma; afecta la orientación misma de la existencia humana.