Artículos Transformadores
CREACIÓN Y PROVIDENCIA:
Un mundo que no ha sido abandonado por su Creador.
Crear algo y continuar sosteniéndolo no son exactamente la misma afirmación. Podemos aceptar que una obra tuvo un autor y, al mismo tiempo, imaginar que después comenzó a existir independientemente de él. Aplicada al universo, esta posibilidad conduce a una pregunta fundamental: si Dios creó el mundo, ¿qué relación mantiene actualmente con aquello que creó? ¿Es el universo una obra terminada que funciona por sí sola mientras su Creador permanece distante, o continúa dependiendo de Él para su existencia y desarrollo?
La doctrina bíblica de la providencia responde afirmando que la relación de Dios con el mundo no terminó en Génesis 1. La creación tuvo un comienzo, pero no adquirió por ello independencia ontológica respecto de su Creador. Pablo afirma que en Dios “vivimos, y nos movemos, y somos” (Hech. 17:28), mientras que Colosenses declara acerca de Cristo que “todas las cosas en él subsisten” (Col. 1:17). La realidad creada posee consistencia, pero no autosuficiencia.
Esta distinción tiene importantes consecuencias filosóficas. Una cosa es reconocer que los fenómenos poseen causas naturales y otra concluir que esas causas hacen innecesario cualquier fundamento trascendente. Podemos explicar la lluvia mediante procesos atmosféricos, una cosecha mediante condiciones agrícolas o el funcionamiento del cuerpo mediante procesos biológicos. Pero explicar los mecanismos mediante los cuales algo ocurre no responde todavía por qué existe una realidad capaz de operar de esa manera.
La providencia no compite con las causas naturales. Dios no necesita aparecer únicamente donde nuestras explicaciones terminan. Desde una perspectiva teísta, las regularidades del mundo son precisamente aquello que permite que la creación posea estabilidad y que nosotros podamos actuar responsablemente dentro de ella. La providencia no significa que Dios sustituya constantemente los procesos creados, sino que estos existen y pueden operar porque el mundo permanece bajo su gobierno y sustento.
Esto evita dos extremos. El primero es imaginar un universo prácticamente autónomo en el que Dios solo interviene excepcionalmente. El segundo consiste en interpretar la providencia de tal manera que la acción humana pierda importancia. Si Dios sostiene el mundo, podría parecer que planificar, trabajar, ahorrar, producir o prepararnos para el futuro son señales de poca confianza. La Escritura, sin embargo, no enfrenta providencia y responsabilidad. Precisamente porque vivimos en un mundo ordenado podemos sembrar esperando cosechar, trabajar esperando producir y administrar recursos pensando en el mañana.
Aquí aparece una dimensión económica particularmente interesante. Toda economía comienza con una realidad que nadie produjo originalmente. Antes de existir mercados, empresas o sistemas monetarios ya existían tierra, agua, minerales, energía, capacidades humanas y posibilidades contenidas en la creación. La actividad económica no crea la realidad desde la nada; transforma, combina, intercambia y administra bienes que, en sentido último, han sido recibidos.
Esta perspectiva modifica la manera de entender la propiedad y la riqueza. Poseer algo puede concedernos derechos reales sobre su utilización, pero desde una visión teísta nunca nos convierte en propietarios absolutos de la realidad. “De Jehová es la tierra y su plenitud” (Sal. 24:1). La propiedad humana adquiere entonces una dimensión de mayordomía: administramos temporalmente recursos, talentos y oportunidades cuyo fundamento último no se encuentra en nosotros.
La providencia tampoco elimina la escasez. Vivimos después de la caída y conocemos sequías, pérdidas, enfermedades, desigualdades, catástrofes y limitaciones materiales. Pero reconocer la escasez no significa adoptar una visión de la creación como un inventario estático que simplemente se agota a medida que lo utilizamos. Los recursos poseen propiedades y posibilidades que la inteligencia humana puede descubrir. Una materia aparentemente poco valiosa puede adquirir nuevos usos mediante conocimiento, innovación y trabajo. Así, la providencia divina no vuelve innecesaria la creatividad humana; proporciona el escenario estable dentro del cual esa creatividad puede desarrollarse.
Por eso trabajo y providencia tampoco son adversarios. El agricultor depende de realidades que no controla completamente: clima, fertilidad, ciclos naturales y condiciones que preceden su esfuerzo. Pero esa dependencia no sustituye la necesidad de preparar la tierra, sembrar y cuidar la cosecha. La provisión puede llegar precisamente a través del trabajo humano, de la cooperación, del conocimiento acumulado.
Esto permite comprender el mercado desde una perspectiva más humana que puramente material. Detrás de cada intercambio existen personas que dependen unas de otras. Quien desayuna pan probablemente no cultivó el trigo, fabricó las herramientas agrícolas, transportó el producto y produjo todos los insumos necesarios para llevarlo hasta su mesa. Nuestra vida cotidiana descansa sobre enormes redes de cooperación que frecuentemente ni siquiera percibimos.
La interdependencia económica nos recuerda que nuestra existencia descansa sobre la creación, sobre otras personas, sobre conocimientos que heredamos y sobre instituciones que no construimos individualmente. La providencia no debe utilizarse para divinizar ningún sistema económico, pero sí cuestiona la fantasía del individuo completamente independiente que se debe a sí mismo todo aquello que posee.
Esta doctrina tampoco permite identificar prosperidad con aprobación divina. Un mundo gobernado providencialmente por Dios continúa siendo un mundo afectado por el pecado. La riqueza puede proceder del trabajo honesto y la innovación, pero también puede acumularse mediante fraude, explotación o injusticia. Del mismo modo, experimentar pobreza o sufrimiento no demuestra que una persona se encuentre fuera del cuidado de Dios. La providencia es una afirmación acerca del gobierno y la fidelidad del Creador, no una fórmula que permita interpretar automáticamente la condición económica de cada individuo.
Aquí aparece quizá la pregunta más difícil: ¿cómo hablar de providencia cuando encontramos sufrimiento, pérdidas y acontecimientos que no comprendemos? El teísmo bíblico no responde negando esas realidades ni prometiendo que podremos descubrir la razón particular de cada una. Afirma algo diferente: el mal, la contingencia y el sufrimiento no poseen la última palabra sobre la historia. Confiar en la providencia no significa comprender todo lo que ocurre, sino negar que la realidad haya escapado finalmente de las manos de Dios.
Por eso la providencia produce una combinación singular de confianza y responsabilidad. Nos impide imaginar que todo depende de nosotros, pero también nos impide utilizar a Dios como excusa para nuestra pasividad. Podemos trabajar sin convertir el trabajo en nuestro dios; planificar sin creer que controlamos el futuro; poseer sin considerarnos dueños absolutos; producir riqueza sin convertirla en medida del valor humano; y enfrentar la incertidumbre sin concluir que vivimos dentro de un universo abandonado.
La creación, desde esta perspectiva, no es únicamente un acontecimiento del pasado. Es una realidad que continúa dependiendo de Dios en cada momento de su existencia. El mismo Creador que llamó al mundo a existir no se ha desentendido de él. Nuestra esperanza, por tanto, no descansa en la capacidad humana para controlar todas las variables de la historia, pero tampoco nos conduce a retirarnos de ella. Vivimos, trabajamos, administramos, producimos y compartimos dentro de una creación que sigue perteneciendo a Dios.
La providencia nos permite habitar el mundo con humildad sin caer en el fatalismo y actuar con responsabilidad sin convertirnos en autosuficientes. Entre la ansiedad de creer que todo depende de nosotros y la pasividad de pensar que nada depende de nosotros existe una forma profundamente teísta de vivir: reconocer que nuestras decisiones importan, nuestros recursos deben ser administrados y nuestro trabajo tiene consecuencias, mientras descansamos en la convicción de que la historia y la creación permanecen finalmente en manos de su Creador.