Artículos Transformadores


DE CREACIÓN A DIVINIDAD:

Cuando lo creado ocupa el lugar de Dios.


Nuestra manera de relacionarnos con la naturaleza siempre parte de una determinada comprensión de la realidad. Detrás de cada visión sobre el medioambiente existen, de manera explícita o implícita, ciertas ideas acerca de qué es el universo, quién es el ser humano y cuál es su lugar dentro de él.

Por eso, las discusiones ecológicas no se limitan a cuestiones científicas, económicas o políticas. En su nivel más profundo, también plantean preguntas filosóficas: ¿posee la naturaleza un valor propio? ¿De dónde procede ese valor? ¿Es el ser humano parte indistinguible de ella o posee una singularidad? ¿Tenemos derecho a transformarla? ¿Somos sus administradores, sus propietarios o simplemente una especie más dentro del ecosistema?

Estas preguntas adquieren una importancia especial cuando desaparece la distinción entre Dios y el mundo creado.

Desde una perspectiva teísta, la naturaleza posee un enorme valor, pero no porque sea divina. Es valiosa precisamente porque es creación: existe porque ha sido ordenada y sostenida por un Creador que la trasciende. El cielo, los océanos, los bosques, los animales y el propio ser humano forman parte de una realidad que no se explica finalmente por sí misma. Lo creado remite más allá de sí, hacia Aquel de quien recibe su existencia.

Sin embargo, cuando Dios desaparece del horizonte, ese orden puede invertirse. La naturaleza deja de ser comprendida como creación y puede comenzar a ocupar el lugar de lo absoluto. Algunas expresiones contemporáneas de espiritualidad ecológica reflejan precisamente este desplazamiento. Ya no se contempla solamente la Tierra como una realidad que debemos conocer, respetar y cuidar, sino como una totalidad viviente a la que el ser humano debe integrarse y ante la cual debe someterse. El problema, entonces, no es el amor por la naturaleza, sino su divinización.

Esta concepción encuentra afinidades con el panteísmo, una cosmovisión que identifica de alguna manera lo divino con la totalidad de lo existente. Cuando esta perspectiva se aplica a la relación entre humanidad y medioambiente, puede producir una transformación decisiva en nuestra comprensión del ser humano. Si la totalidad es lo verdaderamente sagrado, la persona concreta deja de poseer un valor singular. Su importancia dependerá cada vez más de su contribución o de su impacto sobre el conjunto. De ahí que ciertas narrativas radicales describan a la humanidad como una enfermedad, un parásito o un cáncer que amenaza al planeta.

La llamada hipótesis "Gaia" requiere, en este punto, una distinción importante. Formulada inicialmente para explicar cómo diversos sistemas terrestres interactúan y contribuyen a mantener determinadas condiciones favorables para la vida, no implica necesariamente una afirmación religiosa. Reconocer la extraordinaria interdependencia de los sistemas naturales no equivale a divinizar la Tierra.

La dificultad aparece cuando un modelo empleado para comprender procesos naturales se transforma en una interpretación total de la realidad. La Tierra deja entonces de ser descrita como un sistema autorregulado y comienza a ser concebida como una totalidad casi consciente, autosuficiente o sagrada.

Es precisamente aquí donde una cuestión aparentemente científica se convierte en una cuestión filosófica. Una cosa es reconocer el orden, la complejidad y la interdependencia de la naturaleza; otra muy distinta es atribuirle el lugar de lo absoluto.

Cuando desaparece la diferencia entre Creador y creación, lo creado puede terminar recibiendo atributos que anteriormente correspondían a Dios. Y este cambio no permanece en el terreno de las ideas: inevitablemente transforma nuestra manera de comprender la dignidad, la responsabilidad y el futuro del ser humano.

Las consecuencias pueden llegar a ser especialmente radicales cuando la presencia humana comienza a interpretarse fundamentalmente como una carga para el planeta. La pregunta deja entonces de ser cómo debemos vivir responsablemente sobre la Tierra y comienza a convertirse en cuántos seres humanos debería haber en ella.

Algunos planteamientos a favor del control de natalidad contemporáneos llevan esta lógica hasta cuestionar moralmente la procreación. Si cada nuevo ser humano consume recursos, genera residuos y produce inevitablemente algún impacto ambiental, traer nuevas personas al mundo podría comenzar a considerarse un acto perjudicial.

Aquí aparece una profunda paradoja. En nombre de la protección de la vida se puede terminar cuestionando el valor de la vida humana. El problema no consiste en reconocer que nuestras decisiones tienen consecuencias ambientales. Evidentemente las tienen. Tampoco consiste en negar la necesidad de corregir modelos de consumo irresponsables, explotación indiscriminada o destrucción de ecosistemas. La pregunta decisiva es otra: ¿debemos proteger la Tierra porque la vida humana carece de valor frente a ella, o debemos cuidarla precisamente porque tanto la creación como nuestra responsabilidad hacia ella poseen un fundamento que nos trasciende?

Frente a esta tensión, el teísmo bíblico ofrece una alternativa que evita dos extremos. Por un lado, rechaza una visión en la que la naturaleza existe únicamente como materia disponible para satisfacer ilimitadamente nuestros deseos. El mandato de cultivar y guardar la tierra implica responsabilidad, límites y cuidado.

Pero, por otro lado, tampoco convierte la creación en divinidad. La Tierra merece respeto, pero no adoración; cuidado, pero no reverencia religiosa. Su grandeza no consiste en ser Dios, sino en manifestar un orden, una belleza y una fecundidad que encuentran su fundamento último en Él.

Esta misma cosmovisión permite comprender de otra manera al ser humano. No somos propietarios absolutos de la Tierra, pero tampoco intrusos dentro de ella. No somos dioses capaces de disponer arbitrariamente de todo cuanto existe, pero tampoco una enfermedad cuya desaparición permitiría finalmente sanar al planeta. Somos criaturas dentro de la creación y, al mismo tiempo, criaturas investidas de una responsabilidad singular hacia ella. Nuestra dignidad y nuestra tarea proceden de una misma fuente.

Por eso, el verdadero desafío no consiste en escoger entre proteger la naturaleza o defender al ser humano. Esa oposición surge cuando hemos perdido un marco capaz de otorgar a ambos su lugar adecuado. Cuando lo creado ocupa el lugar de Dios, tarde o temprano también cambia nuestra comprensión del hombre. Pero cuando Dios vuelve a ser reconocido como fundamento último de la realidad, la creación puede ser amada sin ser adorada y el ser humano puede ejercer su responsabilidad sin convertirse en dueño absoluto de ella. Solo entonces recuperamos el orden fundamental: Dios como Creador, el mundo como creación y el ser humano como administrador responsable de aquello que nunca le perteneció por completo.