Artículos Transformadores
DIOS Y EL MITO DE QUE EL BIEN Y EL MAL NO EXISTEN:
¿Es la moral una construcción humana o una realidad objetiva?
Pocas ideas han alcanzado tanta influencia en la cultura contemporánea como la creencia de que el bien y el mal son construcciones humanas. Según esta visión, los juicios morales no describen una realidad objetiva; expresan preferencias individuales, acuerdos sociales o convenciones culturales. Lo que una época considera correcto, otra podría rechazarlo. Lo que una sociedad celebra, otra podría condenarlo. En última instancia, no existiría un criterio moral universal al cual apelar.
A primera vista, esta postura parece razonable. Después de todo, las costumbres cambian, las culturas difieren y la historia muestra una enorme diversidad de normas morales. Sin embargo, detrás de esta aparente evidencia se esconde una pregunta mucho más profunda: ¿qué estamos haciendo exactamente cuando afirmamos que algo es bueno o malo?
La respuesta no es tan sencilla como suele suponerse.
Cuando alguien dice que prefiere un género musical sobre otro, expresa un gusto personal. Cuando alguien afirma que la corrupción es injusta, está haciendo algo completamente distinto. No está describiendo una preferencia privada; está emitiendo un juicio que considera válido más allá de sí mismo.
La diferencia es fundamental.
Las preferencias hablan de lo que nos agrada. Los juicios morales hablan de lo que debería ser. Y esa pequeña palabra "debería" contiene una enorme carga filosófica. Vivimos rodeados de ella. Decimos que las personas deberían cumplir sus promesas. Que los inocentes no deberían sufrir injustamente. Que los gobernantes deberían actuar con integridad. Que la verdad debería prevalecer sobre la mentira.
Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntar de dónde proviene ese "debería".
La naturaleza, observada por sí sola, describe lo que ocurre. La gravedad no distingue entre actos nobles y actos crueles. Las leyes físicas no condenan la mentira ni premian la honestidad. Los procesos biológicos explican cómo sobreviven los organismos, pero no por qué alguien debería sacrificar su bienestar por el bien de otro.
La ciencia puede describir el mundo con extraordinaria precisión. Puede decirnos cómo funcionan las cosas. Pero la pregunta moral pertenece a otra categoría. No pregunta qué es, sino qué debe ser.
Y aquí aparece una de las peculiaridades más sorprendentes de la experiencia humana.
Los seres humanos vivimos constantemente evaluando la realidad. No nos limitamos a observar el mundo; lo juzgamos. Comparamos lo que existe con una idea de lo que debería existir. Medimos nuestras acciones, nuestras instituciones y nuestras relaciones según criterios que consideramos significativos.
Cuando denunciamos una injusticia, estamos afirmando implícitamente que existe algo llamado justicia. Cuando condenamos una traición, estamos presuponiendo un estándar de fidelidad. Cuando hablamos de dignidad humana, asumimos que las personas poseen un valor que no depende simplemente de la opinión de otros.
La cuestión es evidente: si el bien y el mal son únicamente construcciones humanas, ¿por qué experimentamos nuestras convicciones morales como obligaciones y no simplemente como preferencias?
La culpa constituye un ejemplo revelador.
Podemos lamentar una mala decisión financiera porque produjo pérdidas. Pero la culpa moral es diferente. Surge cuando reconocemos que hemos actuado incorrectamente, incluso si nadie nos ha descubierto y aunque nuestra acción haya resultado beneficiosa para nosotros.
Del mismo modo, la admiración que sentimos por la valentía, la honestidad o el sacrificio no puede reducirse fácilmente a cálculos de utilidad. Admiramos ciertas virtudes porque intuimos que poseen un valor intrínseco.
La experiencia moral parece apuntar hacia algo más profundo que la mera conveniencia.
Por esta razón, una de las preguntas fundamentales de la filosofía moral no es cómo llegamos a tener creencias morales, sino si esas creencias corresponden a algo real.
Explicar el origen de una convicción no equivale a demostrar su validez.
Podemos describir cómo alguien llegó a creer en las matemáticas, pero eso no determina si los principios matemáticos son verdaderos. Del mismo modo, explicar cómo surgen ciertos comportamientos morales no responde la pregunta acerca de si el bien y el mal existen realmente.
La cuestión central sigue siendo ontológica.
¿Son el bien y el mal realidades objetivas o simples proyecciones humanas?
La cultura contemporánea suele intentar conservar los frutos de una moral objetiva mientras rechaza sus raíces. Continúa hablando de derechos humanos, igualdad, dignidad y justicia, pero cada vez encuentra mayores dificultades para explicar por qué esas ideas deberían poseer validez universal.
Tomemos como ejemplo la dignidad humana.
Prácticamente todas las sociedades modernas afirman que cada persona posee un valor inherente. Pero ¿qué significa exactamente esa afirmación?
¿De dónde procede ese valor? ¿Es simplemente una decisión colectiva? ¿Un acuerdo social? ¿Una preferencia cultural?
Si así fuera, la dignidad humana podría ser otorgada o retirada por la misma sociedad que la reconoce. Sin embargo, nuestra intuición moral rechaza esa conclusión. Consideramos que una persona posee valor incluso cuando una cultura se niega a reconocerlo.
Precisamente por eso podemos condenar las injusticias del pasado. Lo hacemos porque creemos que existía un estándar moral superior a las opiniones predominantes de su tiempo.
Y si existe un estándar superior a la cultura, entonces la moral no puede reducirse a la cultura.
La cosmovisión cristiana ofrece una explicación coherente para esta experiencia.
Afirma que el universo no es moralmente neutro porque tiene su origen en un Dios moral. El bien no es una invención humana ni una convención social. Es una realidad que encuentra su fundamento último en el carácter de Dios. La justicia es real porque Dios es justo. La verdad es real porque Dios es verdadero. La dignidad humana es real porque el ser humano ha sido creado a imagen de Dios (Génesis 1:26-27).
Desde esta perspectiva, la experiencia moral deja de ser una ilusión evolutiva o una construcción cultural arbitraria. Se convierte en una respuesta humana a una realidad objetiva.
Quizá por eso seguimos hablando de justicia, aun cuando nos resulta difícil definirla. Quizá por eso seguimos buscando verdad en una época que desconfía de las verdades universales. Quizá por eso continuamos indignándonos ante el mal incluso cuando algunos afirman que el bien y el mal no existen.
El verdadero mito no es que existan personas que se equivoquen moralmente. Todas las épocas las han tenido. El verdadero mito consiste en creer que podemos eliminar el bien y el mal de nuestra visión del mundo mientras seguimos viviendo, juzgando y esperando como si fueran reales.
Porque cada vez que hablamos de lo que debería ser, estamos reconociendo implícitamente que la realidad posee una dimensión moral que trasciende nuestras preferencias.
Y quizá esa intuición sea una de las huellas más profundas de que fuimos creados para vivir en un universo donde el bien y el mal son algo más que simples opiniones.