Artículos Transformadores


¿ES EL SER HUMANO UN SEMIDIÓS?:

Por qué nuestra semejanza con Dios no nos convierte en seres divinos.


Afirmar que el ser humano fue creado a imagen de Dios plantea una pregunta fundamental: ¿significa esto que posee una naturaleza divina? La cuestión requiere distinguir entre semejanza e identidad. Ser semejante a Dios en determinadas capacidades no equivale a poseer su misma naturaleza. El ser humano puede conocer, amar y actuar responsablemente de una manera que refleja a su Creador, pero estas capacidades son recibidas y limitadas. Por eso, desde el teísmo bíblico, la imagen de Dios no constituye una reproducción de la divinidad, sino que expresa la condición singular de una criatura que depende de Dios y ha sido llamada a representarlo en el mundo.

Esta distinción entre reflejar a Dios y poseer su naturaleza se encuentra en el propio relato de Génesis. Por una parte, declara que el hombre y la mujer fueron creados a imagen de Dios y recibieron autoridad sobre la tierra (Génesis 1:26-28). Por otra, describe al ser humano como formado del polvo y vivificado por la acción divina (Génesis 2:7). Su posición singular no elimina su origen creado. Adán y Eva recibieron la existencia; no existieron por sí mismos. Por ello, representar a Dios nunca significó compartir su esencia ni constituir una categoría inferior de dioses.

Esta diferencia es ontológica, es decir, se refiere a lo que Dios y el ser humano son. Dios no depende de una realidad anterior que explique su existencia; el ser humano depende de su Creador para existir. Por tanto, la distancia entre ambos no consiste únicamente en que uno tenga más poder o conocimiento que el otro. Una persona podría ampliar enormemente sus capacidades y seguiría siendo una criatura. Ningún progreso intelectual, científico o tecnológico transforma una existencia recibida en una existencia independiente de su fundamento.

Por esta razón, llamar semidiós al ser humano introduce una confusión. Sugiere que la humanidad posee parcialmente aquello que Dios posee plenamente, como si ambos compartieran una misma naturaleza en proporciones diferentes. Sin embargo, la imagen divina no es una porción de Dios alojada en nosotros. Tampoco implica que la divinidad pueda dividirse o reproducirse mediante la creación. El ser humano pertenece plenamente al mundo creado, aunque dentro de él haya recibido una dignidad y una responsabilidad particulares. Su singularidad debe comprenderse desde esa condición.

El Salmo 8 ayuda a precisar esta dignidad al presentar al ser humano coronado de gloria y honra. Aunque las traducciones del versículo quinto varían entre "poco menor que los ángeles" y "poco menor que Dios", el contexto destaca una posición concedida por el Creador. La autoridad humana procede de una decisión divina y se ejerce sobre las obras de sus manos. El énfasis recae en el honor recibido y en la tarea encomendada. No establece que la humanidad posea una naturaleza parcialmente divina.

Si la imagen no significa identidad de naturaleza, ¿en qué consiste entonces la semejanza? Consiste en que el ser humano ha sido constituido para reflejar a Dios de una manera propia de las criaturas. Su capacidad de conocer, actuar responsablemente, establecer relaciones y desarrollar el mundo expresa esa correspondencia. Sin embargo, estas capacidades siempre son limitadas. Podemos alcanzar conocimientos verdaderos sin conocerlo todo; podemos realizar acciones buenas sin poseer una bondad perfecta. La semejanza es real precisamente dentro de esa diferencia entre la plenitud divina y nuestras posibilidades humanas.

La filosofía denomina analógica a esta clase de relación. Cuando afirmamos que Dios es sabio y que una persona es sabia, reconocemos una correspondencia, pero también una diferencia en la manera de poseer esa cualidad. La sabiduría humana crece mediante la experiencia, el estudio y la corrección. El conocimiento divino no requiere ese proceso. De igual modo, nuestra creatividad trabaja con materiales, capacidades y posibilidades que hemos recibido. Reflejamos al Creador cuando transformamos el mundo, pero nuestra actividad permanece sostenida por una realidad que no hemos originado.

Esta condición limitada existía antes del pecado. Adán y Eva necesitaban conocer su entorno y recibir la revelación de Dios para comprender sus propósitos. Por ello, la perfección humana original no debe confundirse con omnisciencia o autosuficiencia. Ser una criatura buena no significa carecer de límites, sino vivir adecuadamente dentro de ellos. La dependencia de Dios era la condición de su existencia y de su vocación.

La tentación de abandonar esa condición aparece en Génesis 3:5, cuando la serpiente promete: "seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal". El engaño se dirige a quienes ya habían sido creados a imagen de Dios: les presenta la desobediencia como un camino hacia una condición superior. Desde el teísmo bíblico, la tentación consiste en pretender una autonomía que no corresponde a la criatura, es decir, dejar de recibir de Dios el criterio del bien y del mal para asumir la autoridad de determinarlo por cuenta propia. La semejanza concedida por el Creador se convierte así en ocasión para ambicionar su lugar.

Esta aspiración encuentra expresiones en la cultura contemporánea, particularmente en ciertas corrientes de la Nueva Era que invitan a descubrir una supuesta divinidad interior. Existen afinidades con antiguas concepciones gnósticas, según las cuales el ser humano alberga un elemento divino y necesita un conocimiento especial para reconocer su verdadera condición. Aunque estas corrientes presentan diferencias entre sí, comparten la idea de que nuestra identidad más profunda debe buscarse en una divinidad oculta dentro de nosotros. Aquí reaparece la lógica del engaño de la serpiente: considerar nuestra condición de criaturas como una limitación que debemos superar. Sin embargo, la respuesta bíblica orienta la realización humana hacia el conocimiento de Dios y la comunión con él, desde una humanidad recibida como don y llamada a vivir en fidelidad a su Creador.

Desde aquí se comprende por qué la imagen divina está vinculada al gobierno de la creación. Adán y Eva recibieron capacidades que les permitían cultivar la tierra, construir y buscar sabiduría. Su tarea consistía en desarrollar las posibilidades de un mundo que Dios había declarado bueno, pero que les había encargado trabajar y cuidar (Génesis 2:15). La imagen divina tenía así una expresión concreta pues mediante la actividad humana, la creación debía convertirse en un ámbito de orden, belleza y provisión. El trabajo y la cultura formaban parte de esta vocación original, pues sus habilidades debían contribuir al florecimiento de aquello que les había sido confiado.

El ser humano no es un semidiós , sino un representante del Creador. Precisamente por eso, su autoridad nunca es absoluta sino que debe responder ante aquel cuyos propósitos está llamado a cumplir. La capacidad de transformar el mundo no le concede el derecho de decidir arbitrariamente su destino; le impone el deber de orientarlo hacia el bien. Por tanto, el criterio de su realización no puede ser únicamente cuánto poder acumula o cuántas obras produce, sino si mediante ellas refleja la sabiduría, la justicia y la bondad de Dios.