Artículos Transformadores


LATINOAMÉRICA:

¿Cómo puede haber religión y sostenerse tanta pobreza?


A primera vista, Latinoamérica parece un continente moldeado por el cristianismo durante siglos. Sus calendarios, símbolos públicos, celebraciones y lenguaje religioso sugieren una fe arraigada en la memoria colectiva. Además, la región ha recibido una abundancia notable de recursos naturales. Sin embargo, al recorrer su historia política y social, surgen tensiones difíciles de ignorar: gobiernos inestables, corrupción persistente, desigualdad pronunciada y una estructura social donde una minoría concentra poder y riqueza mientras grandes mayorías viven con oportunidades limitadas. La pregunta es inevitable: ¿cómo puede coexistir una presencia religiosa histórica con una región que ha sostenido durante tanto tiempo condiciones de injusticia y pobreza? Una respuesta teísta, sobria y cuidadosa no consiste en negar la fe de los pueblos, sino en examinar la relación entre historia, cosmovisión, vida moral y estructuras sociales.

Una sociedad no se transforma únicamente por el hecho de poseer vocabulario religioso o una tradición cristiana formal. La fe, para producir frutos públicos, debe operar como convicción interiorizada: debe formar la conciencia, disciplinar el carácter y orientar las decisiones comunes. Cuando esto no ocurre, la religión puede permanecer como identidad cultural sin convertirse en poder de renovación. En términos filosóficos, existe una diferencia entre la religión como herencia simbólica y la fe como principio generativo de vida. La primera puede convivir con prácticas contradictorias; la segunda exige coherencia. Por eso, no basta con afirmar que una región “tuvo Iglesia” durante siglos; es necesario preguntar qué tipo de fe fue asimilada y cómo se conectó con la formación moral de la vida cotidiana.

En este escenario es importante considerar una raíz histórica que ayuda a entender cómo se formó parte del imaginario cultural que luego llegó a América. Antes de la expansión hacia el Nuevo Mundo, España y Portugal estuvieron durante siglos expuestos a una fuerte influencia del mundo árabe-musulmán en la península ibérica. Ese tiempo dejó huellas visibles en el idioma y en múltiples expresiones culturales, pero también imprimió maneras de ver la vida: ideas sobre destino, autoridad, honor y responsabilidad humana. Así, junto con la fe católica romana, como expresión dominante del cristianismo en ese período, persistieron ciertos patrones de pensamiento heredados de aquella convivencia prolongada. Al mismo tiempo, la forma institucional de la fe que se consolidó entonces tendió a privilegiar una religiosidad más mediada, más ritual y menos centrada en el acceso directo del pueblo a las Escrituras, lo cual debilitó la posibilidad de una reforma interior amplia y sostenida. Cuando españoles y portugueses llegaron a América, no trajeron únicamente instituciones y formas religiosas: trajeron también estos supuestos culturales y religiosos ya entrelazados, y con ellos se modeló parte de la vida social del Nuevo Mundo.

Uno de esos patrones fue el fatalismo: una manera de entender la vida como predeterminada, donde las decisiones humanas tienen poco peso real. El fatalismo debilita la responsabilidad personal y comunitaria. Cuando la gente asume que “lo que será, será”, se reduce la motivación para la virtud, la disciplina, el esfuerzo perseverante y la rendición de cuentas. Esta mentalidad no solo afecta la espiritualidad individual; también disminuye la capacidad de sostener compromisos públicos a largo plazo. Allí donde las decisiones parecen irrelevantes, la corrupción se tolera como algo “normal” y los cambios profundos se postergan indefinidamente.

Ahora bien, el componente histórico decisivo no es solo lo que vino desde Europa, sino el modo en que esa cosmovisión se implantó en América mediante una relación profundamente asimétrica entre conquistadores y conquistados. Este punto debe decirse con claridad, pero con equilibrio: la historia muestra luces y sombras, y hubo también personas sinceras y piadosas; sin embargo, el proceso general estuvo marcado por una reestructuración social y política que frecuentemente colocó la fe junto a la autoridad y la obediencia externa. En ese contexto, es entendible que muchos pueblos percibieran la religión no principalmente como camino de libertad interior, sino como parte del nuevo orden que exigía adhesión visible. Y cuando la fe se recibe así, la conciencia aprende a sobrevivir mediante la apariencia: se adopta el lenguaje cristiano para evitar conflicto o sanción, pero se preservan prácticas anteriores en secreto, o se mantienen encubiertas bajo formas aceptables. Allí surge una reacción humana comprensible: ¿quién querría abrazar sinceramente una “religión” que parece venir asociada a imposición y violencia? Cuando el anuncio de Dios queda mezclado con experiencias de abuso, la respuesta natural suele ser la resistencia, la simulación o la adaptación estratégica.

Esto ayuda a entender por qué en muchos lugares pudo haber "conversiones" masivas sin que ocurriera una transformación profunda de la cosmovisión. Puede que muchos pueblos indígenas se convirtieran formalmente, pero lo que Latinoamérica necesitaba no era solo incorporación religiosa, sino un movimiento de reforma: una renovación interior nacida del encuentro personal con la Palabra de Dios, capaz de modelar conciencia y reordenar la vida social desde convicciones firmes. Y aquí aparece un obstáculo decisivo: el acceso limitado y poco extendido a las Escrituras. En contraste con ciertos movimientos europeos, como la Reforma, que insistieron en la lectura directa de la Biblia y su traducción al pueblo, en América el contacto bíblico masivo fue restringido. Se privilegió la mediación institucional como garante de interpretación, y el resultado fue que grandes sectores crecieron con cristianismo cultural, pero con escasa formación bíblica personal.

Este vacío formativo abrió la puerta al sincretismo, la mezcla de elementos cristianos con prácticas espirituales previas. La religiosidad que trajeron los conquistadores ya venía mezclada con ritualismo y costumbres religiosas que no estaban moldeadas por la Palabra de Dios. Al encontrarse con las cosmovisiones locales, la mezcla se intensificó. En muchos casos, el sincretismo no nació como rebeldía consciente, sino como mecanismo cultural: conservar creencias antiguas bajo una cobertura cristiana para preservar identidad y sobrevivir al cambio. El resultado fue una espiritualidad fragmentada. Y cuando lo espiritual se fragmenta, también se vuelve más fácil normalizar contradicciones en la vida diaria.

El impacto de esta trayectoria no es únicamente religioso; es profundamente económico y político. Cuando la cosmovisión se vuelve fatalista, la sociedad pierde impulso creador: el futuro se espera, pero no se construye. Cuando la fe se reduce a ritual, la conciencia se acostumbra a separar lo sagrado de lo cotidiano, y así la corrupción deja de percibirse como pecado para convertirse en costumbre. Cuando el sincretismo reemplaza la formación espiritual seria, la vida pública se rige más por el miedo o la supervivencia que por la responsabilidad moral. El resultado es un ciclo que reproduce pobreza: instituciones débiles que no protegen al ciudadano, economías donde el privilegio reemplaza el mérito y culturas donde la desconfianza ahoga la cooperación. De este modo, la pobreza no solo se sufre; se produce, porque las ideas que la sostienen continúan operando como “normalidad”.

Desde una postura teísta, una tradición religiosa por sí sola no transforma una cultura. La Biblia no fue dada para decorar la vida pública, sino para renovar la mente, iluminar la conciencia y producir una libertad moral capaz de sostener instituciones sanas. La libertad bíblica no es permiso para hacer el mal; es capacidad para vivir bien. Y ese bien requiere carácter, disciplina y amor práctico hacia los demás.

Aun así, sería injusto concluir con pesimismo. La historia latinoamericana también muestra una búsqueda profunda de Dios, un anhelo de sentido y una sensibilidad espiritual que, cuando es guiada hacia la Palabra, se convierte en una fuerza de transformación. En muchos lugares hoy se observa un giro significativo: comunidades que redescubren la centralidad de las Escrituras, familias que reordenan su vida moral, líderes que resisten la corrupción, y creyentes que viven una fe que no se limita al templo, sino que produce servicio y responsabilidad en lo cotidiano. Este movimiento, silencioso pero real, tiene consecuencias culturales. Cuando la conciencia es renovada, la labor cotidiana se dignifica, el prójimo deja de ser instrumento y vuelve a ser imagen de Dios, y la esperanza deja de ser un sentimiento para convertirse en convicción sostenida.

Latinoamérica no necesita menos fe, sino una fe más íntegra: una fe que ame a Dios con todo el ser y, como fruto inevitable, ame a la comunidad con fidelidad y misericordia.