Artículos Transformadores


Navidad y Consumismo:

¿De acontecimiento teológico a temporada de consumo?


La Navidad, en su origen, es una celebración profundamente teológica: el anuncio de que Dios se hizo carne, habitó entre nosotros y entró en la historia humana para redimirla. Sin embargo, en la cultura contemporánea, esta conmemoración ha sido progresivamente vaciada de su contenido espiritual y transformada en un evento comercial, una temporada de consumo intensivo donde el mercado dicta los ritmos, los deseos y hasta los significados. La Navidad ya no es, para muchos, un tiempo de adoración y esperanza, sino una fecha marcada por ofertas, compras compulsivas y presión social.

El consumismo no es simplemente el acto de comprar, sino una cosmovisión. Filosóficamente, surge de una comprensión reducida del ser humano, donde la identidad, el valor y la felicidad se construyen a partir de lo que se posee. Sus raíces pueden rastrearse en la modernidad tardía, cuando el sujeto dejó de definirse por su relación con Dios, la comunidad y la virtud, para ser entendido principalmente como consumidor. El mercado, entonces, no solo ofrece productos, sino promesas de plenitud, aceptación y sentido.

En este contexto, la Navidad se convierte en un escenario privilegiado para el consumismo. La narrativa dominante ya no se articula en torno al acontecimiento que da origen a la celebración, sino en torno a la lógica del mercado. Los símbolos cristianos son reemplazados por íconos de consumo: luces, regalos, campañas publicitarias y una figura distorsionada de generosidad que se mide por el precio de los obsequios. El mensaje implícito es claro: amar es comprar, celebrar es gastar, y pertenecer es consumir.

Los ejemplos abundan. Familias endeudadas para “no quedar mal” en Navidad, padres angustiados por no poder satisfacer expectativas materiales, niños que aprenden a asociar la fiesta con la cantidad de regalos recibidos y no con el significado del nacimiento de Cristo. Incluso las tradiciones religiosas son reconfiguradas para ajustarse al calendario comercial, donde el tiempo previo a la Navidad pierde su carácter de preparación espiritual, y se transforma en una cuenta regresiva para el consumo final.

El impacto del consumismo en las familias es profundo y ambivalente. Para quienes tienen recursos, la abundancia puede generar una ilusión de seguridad y satisfacción que, paradójicamente, suele desembocar en vacío, ansiedad y relaciones superficiales. La celebración se fragmenta: cada miembro absorto en su deseo individual, cada regalo intentando llenar una necesidad que no es material. Para quienes no tienen, la Navidad se convierte en un recordatorio doloroso de carencia, exclusión y fracaso social. La presión cultural hace que la pobreza no solo sea económica, sino también simbólica: no poder consumir equivale a no poder celebrar.

Desde una perspectiva cristiana, esta distorsión cultural oscurece el significado esencial de la Navidad y desplaza su centro teológico. La encarnación no ocurre en el centro del poder económico, sino en la fragilidad de un pesebre. Dios no se manifiesta en la abundancia, sino en la humildad; no en el consumo, sino en el don. Como afirma el evangelio de Juan: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1:14). La Navidad proclama que el sentido de la vida no se encuentra en lo que acumulamos, sino en Aquel que se da a sí mismo por amor.

El consumismo, al apropiarse de la Navidad, no solo redefine una celebración, sino que reconfigura el alma humana. Desplaza la adoración por la adquisición, la gratitud por la expectativa, y la comunión por la competencia. Frente a esto, la fe cristiana ofrece una crítica profunda y necesaria: recordar que la Navidad no es una temporada de consumo, sino un acontecimiento de salvación.

Recuperar el sentido de la Navidad implica resistir la lógica del mercado y volver a centrar la celebración en la encarnación de Cristo. Significa enseñar a las nuevas generaciones que la verdadera esperanza no viene envuelta en papel de regalo, sino en la persona de Jesús, Dios con nosotros. Solo así la Navidad puede dejar de ser un evento comercial y volver a ser lo que siempre fue: la buena noticia de que Dios entró en la historia para reconciliar al mundo consigo mismo.