Artículos Transformadores
LA PÉRDIDA DEL ASOMBRO:
Consecuencias estéticas y espirituales en una cultura saturada de estímulos.
El asombro es una de las experiencias más fundamentales del ser humano. No es simple sorpresa ni curiosidad pasajera. Es la capacidad de reconocer que lo que está delante de nosotros posee una grandeza o una profundidad que no depende de nosotros. Asombrarse es admitir que la realidad es mayor que nuestra comprensión inmediata y que merece ser contemplada, no reducida a su utilidad.
Sin embargo, esta capacidad parece estar debilitándose. No porque el mundo haya perdido su grandeza, sino porque hemos perdido la disposición para percibirla. Vivimos rodeados de estímulos, pero rara vez experimentamos verdadera maravilla. Todo se vuelve familiar con rapidez. Lo extraordinario se vuelve ordinario en cuestión de segundos.
El asombro comienza, de manera natural, ante la creación. El cielo nocturno, la inmensidad del mar, la estructura delicada de una hoja o la complejidad del cuerpo humano han suscitado, a lo largo de la historia, preguntas profundas y silencios reverentes. Contemplar la naturaleza no era solo observar fenómenos; era enfrentarse a un misterio que invitaba a la humildad. La realidad aparecía como algo dado, no producido; recibido, no fabricado.
Hoy esa experiencia es cada vez más rara. El paisaje se convierte en escenario para una fotografía. El cielo estrellado compite con la luminosidad de las pantallas. La naturaleza es reducida a destino turístico o recurso explotable. En lugar de suscitar gratitud, se convierte en contenido. El mundo ya no se impone como misterio; se ofrece como material.
Lo más preocupante es que esta pérdida no afecta únicamente a los adultos. Tradicionalmente se ha pensado que los niños poseen una capacidad espontánea de asombro. Y, en efecto, la infancia está marcada por la apertura y la pregunta. Pero incluso esa disposición parece estar siendo erosionada. Un niño que crece permanentemente rodeado de estimulación, de entretenimiento inmediato y de gratificación instantánea puede volverse menos capaz de detenerse ante lo cotidiano. Cuando todo es llamativo, nada es verdaderamente admirable.
El asombro requiere atención sostenida. Requiere silencio y paciencia. Exige una cierta humildad: reconocer que no somos el centro de todo lo que existe. Sin embargo, la cultura contemporánea nos entrena para reaccionar de inmediato, no para contemplar. Pasamos de una imagen a otra, de un estímulo a otro, sin permitir que nada permanezca el tiempo suficiente como para transformarnos.
Esta pérdida tiene consecuencias estéticas profundas. La inspiración artística no surge del vacío. Nace del encuentro con algo que sorprende, que conmueve, que revela una dimensión de la realidad que pide ser expresada. El arte auténtico no es simple autoexpresión; es respuesta. Respuesta a una experiencia que ha tocado al artista en lo más hondo.
Si el mundo deja de suscitar asombro, ¿de dónde proviene la inspiración? Cuando la realidad ya no es percibida como significativa, el artista corre el riesgo de encerrarse en la pura subjetividad. En lugar de traducir una experiencia de lo real, produce variaciones de su propia interioridad. La creatividad se debilita cuando pierde contacto con aquello que la despierta.
Desde una perspectiva teísta, el asombro ante la creación tiene una dimensión aún más profunda. El orden, la armonía y la inteligibilidad del mundo no son accidentales. Son indicios de que la realidad posee un fundamento que la sostiene. “Los cielos cuentan la gloria de Dios…” (Salmo 19:1). Pero "contar" presupone "ser escuchado". Si el ser humano pierde la capacidad de asombro, pierde también la capacidad de percibir esa voz.
El asombro no reemplaza la reflexión ni la fe, pero las prepara. Es la apertura inicial que permite reconocer que el mundo no es un simple agregado de cosas, sino una realidad con sentido. Cuando miramos la creación con atención, advertimos que no estamos ante un mecanismo frío, sino ante una realidad ordenada y significativa.
Recuperar el asombro no significa buscar constantemente lo espectacular. Significa aprender a contemplar y redescubrir la profundidad de lo cotidiano: el rostro humano, la estructura de una flor, la armonía de una melodía sencilla, la fuerza silenciosa de un gesto de amor fiel. El asombro no siempre grita; muchas veces susurra.
Esta recuperación exige disciplina interior. Exige resistir la distracción constante, y permitir que algo permanezca ante nosotros sin necesidad de ser inmediatamente consumido o explicado. El asombro nace cuando dejamos que la realidad sea lo que es, sin reducirla a función o utilidad.
Sin asombro, el mundo se vuelve plano. Sin asombro, la belleza se trivializa. Sin asombro, el arte pierde su fuente. Pero cuando el asombro es recuperado, la realidad recupera su profundidad. La creación vuelve a aparecer como don. La belleza vuelve a señalar más allá de sí misma. Y el ser humano vuelve a ocupar su lugar propio: no como dueño absoluto de lo que existe, sino como testigo agradecido de un mundo que, incluso en su finitud, sigue siendo digno de admiración y capaz de conducirnos a la gratitud y a la glorificación de su Creador.
Reaprender el asombro puede ser, hoy, uno de los actos más urgentes y más necesarios. Porque en él comienza no solo la experiencia estética, sino también el reconocimiento de que la realidad es mayor que nosotros —y, precisamente por eso, capaz de darnos sentido.