Artículos Transformadores


POBREZA Y COSMOVISIÓN:

Pobres y no pobres en una misma crisis


Las naciones no son pobres por naturaleza, del mismo modo que no son prósperas por azar. Tanto la pobreza como la prosperidad son realidades producidas históricamente. Emergen de sistemas de ideas que una sociedad considera verdaderas y normativas. Estas ideas, al ser internalizadas colectivamente, se encarnan en hábitos, estructuras e instituciones que terminan configurando la vida económica, política y cultural.

Desde una perspectiva bíblica, esta relación entre ideas y realidad no es accidental: la cosmovisión, entendida como el conjunto de creencias fundamentales que una sociedad sostiene acerca de la realidad suprema —ya sea el Dios de la Biblia o algún otro sustituto—, precede y da forma a la cultura; y esta, a su vez, produce estructuras que pueden generar prosperidad o miseria.

Una de las distorsiones más persistentes en el pensamiento contemporáneo es reducir la pobreza exclusivamente a lo material. Esta reducción empobrece el análisis y limita la respuesta. La Escritura presenta una visión mucho más amplia del ser humano y de su condición. Todos los seres humanos experimentan algún tipo de pobreza. Existe pobreza espiritual, cuando la relación con Dios está rota; pobreza relacional, cuando las comunidades se fragmentan; pobreza moral, cuando la justicia es relativizada; y pobreza identitaria, cuando la persona pierde claridad sobre su dignidad y vocación. La pobreza material, aunque real y dolorosa, es solo una expresión visible de estas rupturas más profundas.

Este enfoque permite comprender una verdad incómoda: existen personas y grupos materialmente ricos que viven empobrecidos en su manera de pensar y de relacionarse. Esta pobreza interior no permanece en el ámbito privado. Se proyecta socialmente y da forma a sistemas económicos y políticos injustos. Cuando las élites gubernamentales y empresariales operan desde ideas marcadas por la codicia, el individualismo y la autosuficiencia, producen estructuras que reflejan esa misma pobreza moral. El resultado no es simplemente desigualdad económica, sino naciones empobrecidas en su tejido social.

En este marco, la distinción entre pobres y no pobres no puede ser entendida como una separación absoluta. Los pobres materialmente nunca existen aislados. Siempre viven en relación con quienes no lo son, dentro de sistemas donde las decisiones, los salarios, las leyes y las oportunidades están controladas mayormente por los no pobres. Sin embargo, gran parte de la literatura sobre desarrollo ignora esta relación. El análisis se concentra en los pobres como sujetos a ser transformados, mientras que los no pobres permanecen fuera del campo crítico, como si su manera de vivir no tuviera impacto en la producción de pobreza.

Esta omisión revela una cosmovisión profundamente arraigada. Se asume que el problema reside en la carencia del pobre y no en la responsabilidad del no pobre. Así, se diseñan programas para “sacar a los pobres de la pobreza”, pero no existen iniciativas orientadas a confrontar la pobreza espiritual y moral de los ricos. No se cuestiona su relación con el poder, con el trabajo ajeno ni con los recursos que administran. Desde una perspectiva bíblica, esta falta de confrontación es una señal de discipulado incompleto.

La cosmovisión bíblica redefine radicalmente esta dinámica. El ser humano fue creado a imagen de Dios (Génesis 1:27) y llamado a ejercer una mayordomía productiva sobre la creación (Génesis 1:28). Esta vocación no distingue entre pobres y no pobres; ambos están llamados a administrar responsablemente lo que han recibido. Cuando los no pobres viven como propietarios absolutos de sus recursos y posiciones, niegan en la práctica su condición de mayordomos. En ese acto, no solo oprimen al pobre material, sino que asumen un rol que corresponde únicamente a Dios.

Desde la perspectiva del discipulado cultural, esta no es solo una falla ética individual, sino una deformación de la cosmovisión cristiana en la vida pública. Una fe que se limita a lo privado, pero no confronta las ideas que gobiernan la economía, la política y el trabajo, termina siendo funcional a sistemas que producen pobreza. De este modo, la iglesia corre el riesgo de convertirse, aunque de manera involuntaria, en socia de las estructuras que perpetúan la miseria que dice combatir.

La pobreza, entonces, no puede ser abordada adecuadamente sin examinar las ideas que la sostienen. No se trata únicamente de redistribuir recursos, sino de renovar la manera en que una sociedad entiende la dignidad humana, la responsabilidad moral y el propósito del trabajo. Mientras estas ideas no sean transformadas, las soluciones técnicas seguirán operando en la superficie del problema.

Desde el teísmo bíblico, esta transformación comienza con la renovación de la mente y la restauración de las relaciones. El concepto de shalom expresa esta visión integral: armonía con Dios, con uno mismo, con los demás y con la creación. Allí donde esta visión gobierna, la pobreza pierde su carácter estructural y la prosperidad deja de ser un privilegio aislado para convertirse en un bien compartido.

Comprender la pobreza como un problema de cosmovisión permite desplazar la discusión del terreno meramente económico hacia el ámbito más profundo de las creencias que orientan la vida social. Esta comprensión es indispensable para cualquier reflexión seria sobre restauración cultural, pues revela que la verdadera transformación no comienza en los márgenes del sistema, sino en el corazón intelectual y moral de una sociedad.