Artículos Transformadores


LAS POTENCIALIDADES DE LA CREACIÓN:

Trabajo, Creatividad y Desarrollo Humano.


Cuando pensamos en la creación, solemos imaginar aquello que Dios hizo en el principio: cielos, tierra, mares, plantas, animales y seres humanos. Sin embargo, el relato bíblico permite contemplar algo más profundo. Dios no creó únicamente un mundo lleno de cosas, sino una realidad llena de posibilidades.

En la materia, en la naturaleza y en las capacidades humanas existían potencialidades que todavía debían ser descubiertas y desarrolladas a lo largo de la historia. La creación estaba completa como obra de Dios, pero no estaban agotadas todas las posibilidades que podían desplegarse a partir de ella.

Esta distinción resulta fundamental. Dios pudo haber creado un mundo en el que las ciudades estuvieran construidas, las sinfonías compuestas, las ciencias desarrolladas y las tecnologías terminadas. Pero no lo hizo así. Colocó al ser humano dentro de una creación buena y ordenada y le entregó un mandato: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla” (Gén. 1:28). Más adelante, Génesis presenta al hombre cultivando y guardando el huerto (Gén. 2:15). Desde el comienzo, por tanto, la humanidad recibe no solamente un lugar donde vivir, sino una tarea que realizar.

Esto significa que el trabajo pertenece al propósito original de Dios para el ser humano. No aparece como consecuencia del pecado; lo que la caída introduce es la frustración, el dolor y el conflicto que acompañarán al trabajo. Antes de Génesis 3 ya existe una vocación para cultivar.

Trabajar, en su sentido más profundo, consiste en tomar aquello que Dios ha creado y desarrollar responsablemente sus posibilidades. La agricultura hace fructificar la tierra; la arquitectura organiza materiales para producir espacios habitables; la medicina estudia el cuerpo para preservar la vida; el conocimiento explora la estructura de la realidad; y el arte descubre posibilidades de belleza y expresión.

Aquí aparece una diferencia decisiva entre la creatividad divina y la humana. Dios crea "ex nihilo", de la nada. El ser humano nunca crea de esa manera. Siempre parte de una realidad que lo precede: materia, energía, sonidos, colores, lenguaje, inteligencia, relaciones y capacidades que no se dio a sí mismo. Por eso podemos hablar del hombre como “subcreador” o "co-creador". Su creatividad es auténtica, pero derivada. No crea al margen de Dios, sino dentro de un mundo que ya posee estructura, propiedades y posibilidades porque previamente ha sido creado.

Pensemos, por ejemplo, en algo tan ordinario como la arena. Durante siglos podía parecer simplemente una materia abundante bajo los pies. Sin embargo, determinadas propiedades presentes en ella permiten producir vidrio y, mediante procesos mucho más complejos, obtener silicio para fabricar componentes fundamentales de la tecnología contemporánea. El ser humano no creó las propiedades del silicio: las descubrió. Pero descubrirlas abrió posibilidades que anteriormente permanecían sin desarrollar. Entre una playa y un microprocesador existe una larga historia de observación, conocimiento, experimentación y trabajo humano.

Este ejemplo revela una característica fascinante de la creación: aquello que existe contiene posibilidades que pueden ser descubiertas y desarrolladas mediante la acción humana. El árbol contiene madera, pero la mesa no aparece espontáneamente en el bosque. Los sonidos existen, pero una sinfonía requiere una inteligencia capaz de ordenarlos. La piedra existe, pero una catedral requiere creatividad, conocimiento, técnica y trabajo. La creación proporciona los materiales, las propiedades y el orden; el ser humano reconoce relaciones, ve posibilidades y las convierte en nuevas expresiones de aquello que originalmente recibió.

Por eso el mandato creacional posee inevitablemente una dimensión histórica. Cada generación recibe algo que otras generaciones ya han desarrollado. Nadie comienza desde cero. Recibimos lenguas que no inventamos, conocimientos acumulados durante siglos, instituciones que otros construyeron, tecnologías desarrolladas anteriormente y paisajes transformados por incontables decisiones humanas. Al mismo tiempo, cada generación añade algo, preserva algo, transforma algo o destruye algo. El desarrollo humano es así una responsabilidad intergeneracional: recibimos un mundo y participamos en aquello que entregaremos a quienes vengan después.

Pero esta capacidad de transformar la creación introduce también una cuestión moral. No todo lo técnicamente posible es necesariamente bueno. Podemos descubrir cómo liberar enormes cantidades de energía y utilizar ese conocimiento para iluminar ciudades o destruirlas. Podemos desarrollar tecnologías capaces de comunicar a millones de personas y emplearlas para transmitir conocimiento o manipular conciencias. La creatividad humana necesita, por tanto, algo más que inteligencia: necesita sabiduría. El mandato de desarrollar la creación permanece bajo la autoridad de Aquel que la creó.

Aquí se encuentra una diferencia fundamental entre desarrollo y simple progreso técnico. Una sociedad puede aumentar extraordinariamente su capacidad para transformar la naturaleza sin necesariamente avanzar en justicia, dignidad o florecimiento humano.

Desde una perspectiva teísta, el desarrollo no puede medirse únicamente por aquello que somos capaces de producir, sino también por la manera en que nuestras capacidades sirven al bien. La pregunta no es solamente “¿podemos hacerlo?”, sino también “¿debemos hacerlo?” y “¿para qué debemos hacerlo?”. La técnica amplía nuestras posibilidades; la sabiduría debe orientar su dirección.

Entendida de esta manera, la creación aparece ante nosotros no como un depósito inerte de recursos para consumir, sino como una realidad recibida, inteligible y fecunda que estamos llamados a cultivar. El trabajo deja de ser únicamente un medio para obtener sustento; la creatividad deja de ser simple expresión individual; y el desarrollo deja de reducirse al crecimiento económico.

Además, el ser humano no solamente transforma aquello que encuentra: al hacerlo, construye formas de vida, transmite conocimientos y significados, establece costumbres y configura el mundo que recibirán las generaciones siguientes. En otras palabras, produce cultura.

Es precisamente aquí donde el mandato creacional revela su dimensión cultural. Lo que suele denominarse mandato cultural no constituye un segundo mandato separado del primero, sino su despliegue histórico y social.

Sin embargo, reconocer esta dimensión cultural también significa reconocer nuestra responsabilidad sobre aquello que construimos. No toda cultura expresa de la misma manera el orden de la creación ni conduce necesariamente al florecimiento humano. Así como nuestra capacidad creadora puede orientarse hacia el bien o hacia la destrucción, también las ideas, costumbres e instituciones que producimos pueden honrar la dignidad de las personas o degradarla.

La cultura necesita ser examinada a la luz de una realidad que no ha creado ella misma. El mandato cultural no autoriza al hombre a redefinir arbitrariamente el mundo, sino que lo llama a desarrollar responsablemente una creación cuyo significado último pertenece a Dios.

El mandato comienza, entonces, en la creación, pero se despliega en la historia. Cada generación recibe un mundo parcialmente desarrollado por quienes la precedieron y recibe también la responsabilidad de cultivarlo para quienes vendrán después. Nuestra tarea no consiste en actuar como propietarios absolutos de la realidad, sino como administradores de una creación que pertenece a Dios. Del mandato creacional surge así una responsabilidad cultural: hacer fructificar lo recibido de tal manera que nuestro trabajo, conocimiento, creatividad e instituciones contribuyan al florecimiento humano y reflejen, dentro de la historia, el orden y los propósitos del Creador.